Rincon del lector. Poesias, relatos, cuentos para regocijo del alma y la paz de los corazones

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    mi corazón para toda la eternidad.

    Decir la verdad siendo honesto y respetando al otro. La dualidad es un rasgo característico del hombre, y en base a él, quiero entender lo que significa ser un hijo. Los valores inculcados a un niño, lo ayudaran a vivir con integridad, además de permitirle conocerse a sí mismo. 

    Después de transitar los pasos necesarios para encausar un destino, puedo decir sin temor a equivocarme, que se debe dar todo el corazón, ofreciendo su fuerza y energía cada día, para sacar adelante un hijo.

    Siempre estuve atento a los concejos vertidos por mi madre, y aunque no estuviera de acuerdo con su decir, jamás deje de respetar su autoridad. Los límites impuestos en el proceso formativo le dieron a mí ser, los fundamentos esenciales para trascender a una frontera final, donde está el fin de la humanidad.

    En la vida el pequeño se transforma en el padre, y llegado el momento se convierte en el abuelo. Todos son uno mismo, y están alcanzados por un ciclo, que es el proceso vital de una persona. 

    Nacemos, tenemos una infancia, una niñez, una adolescencia, y una adultez donde nos desarrollamos, luego llega la vejez donde fallecemos. Buscamos desde el nacimiento encontrar un sentido a nuestra propia vida. 

    El placer de gozar la existencia, no es la fuerza fundamental del hombre, ni tampoco de ser alguien en la sociedad, es la tendencia más importante del individuo. 

    Se puede vivir por ideales o inclusive morir por ellos, pero no se puede inventar el sentido de nuestro camino. A veces queremos escapar de una realidad, y la engañamos con el dinero, el sexo, la droga, el poder, o la actividad frenética. Hay una tensión entre el tedio y el deseo. “ ¿Vale la pena todo esto..? ”. Esa pregunta existencial, siempre asola al ser que busca encontrar la solución a sus dilemas.

    Siempre existe el más afortunado, que queda satisfecho de lo que es, y de lo que hace. Pero por lo general, todos ansiamos lograr algo más de lo que tenemos. Eso responde a una condición inacabada de búsqueda hacia lo pleno y perdurable.

    Hacemos demasiado énfasis en la realización del ser en el plano material, sin tener en consideración los diferentes planos dimensionales que atraviesan la estructura de la especie. No percibimos abrirnos a otros mundos que desconocemos, pero que están muy cerca de nosotros.

    Estamos limitados por nuestra propia mortalidad, que se acerca inexorablemente cada día, y que nos impide desarrollarnos más rápidamente. Es común escuchar decir, que la única forma de derrotar a la muerte, es perdurar en las memorias de aquellos que nos amaron y compartieron nuestras existencias, y que a la postre se convertirán en las generaciones futuras a poblar la tierra.

    Si la muerte es la última palabra en la vida del hombre, nada tiene sentido. No podemos ser un fósforo que se enciende y se consume en segundos. ¿De qué sirve una libertad, sin garantías de eternidad? Los planos dimensionales están estrechamente ligados por una fuerza inagotable que aglutina todo el universo, “El Amor”.

    Ser hijo me enseño a relacionarme con los demás, dentro de la comunidad y el mundo. Aprendí a buscar el bien común, utilizando las condiciones económicas, sociales y políticas, para favorecer una realización integral como persona. 

    Concebí una concepción desde una unidad indisoluble del cuerpo y el alma, para hacerle frente desde allí, a la muerte del cuerpo y la perduración de un alma inmortal. Cuando el hombre muere, solo lo hace en un sentido tridimensional, pero la vida continúa más allá de esa realidad. 

    Los frecuentes conflictos y malentendidos entre hijos y padres, deben dejar de ser como tales, en base al respeto y el amor incondicional. Es un esfuerzo conjunto que deben realizar todos los integrantes de una familia.

    Para sanar la relación, hace falta una conexión más cercana que los agrupe y les permita adaptarse a las nuevas realidades. Ceder cuando se piensa que tenemos la razón, propicia un nuevo enfoque, para establecer el dialogo y no fracturar la relación. Dejar el miedo atrás, que solo genera confusión, desconfianza y rechazo entre padres e hijos.

    Desde muy pequeños, los niños adquieren un vínculo afectivo, que jamás debe perderse, ya que en esta comunicación sana, reside el crecimiento y desarrollo de una persona.

    La labor de mi madre no fue fácil, ya que el trabajo no respondía a su exclusiva responsabilidad, sino que también, los hijos deben hacer el esfuerzo, y en mi caso no fue diferente. 

    Tener la mente abierta a los concejos y recordando que nadie es perfecto, hicieron madurar mis sentidos. Su perdón ante mis constantes errores, marcaron a fuego, la mejor enseñanza que alguien me pudiera brindar. En conclusión, esa sana relación, es la que necesita un hijo para trascender con éxito en el duro camino de la vida. 

    Cierro mis ojos, y el pasado me atrapa con sus copiosos recuerdos. El niño mira a su madre y busca en sus pupilas encontrar, la seguridad que necesita para sentirse feliz y sin miedo. Aun no llega a los dos años, y 

  • 7 de 7 final

    ya presiente que lejos de su ángel protector, la crueldad es más difícil de sobrellevar. Hace poco que se atrevió a caminar, y lo hace con cierta dificultad. Muchas veces rueda por el suelo, pero se levanta con una fuerza titánica y continua su marcha. Nunca está quieto y quiere tocar y mover cada cosa que ve a su alcance. Sonríe con la inocencia que solo los niños pueden poseer. A pesar de su corta edad cela con desvelo a su madre, y cada vez que alguien se le acerca o la abraza, llora con pasión y corre a su lado. No entiende de razones ni de lógica y solo piensa en ella. Por fin, el pequeño ya descansa plácidamente entre sus cálidos brazos, constituyendo un solo sentimiento. 

    Un corazón que aprendió a latir, dentro de un seno que lo cobijo, y que después de mucho tiempo, lo entrego a la paz y la esperanza del amor.

    Sin los hijos, la vida no tendría sustento y sería como ese puente que la corrosión de los años lo va destruyendo. Dentro del hombre yace lo peor y lo mejor de su esencia divina, y aunque no coincida en sus ideas, busca incansablemente encontrar esa única verdad que lo haga libre para siempre. 

    Por lo general, son más las incertidumbres que lo asolan que las certezas que lo gobiernan, pero dentro de ese margen de variables, desconoce el futuro y el tiempo que le queda. 

    Nada está determinado eternamente en esa frontera final, y al igual que los deseos y sueños, todo puede cambiar y transformarse en ese anhelo largamente añorado. “Ser hijo es amar la vida”

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